viernes, enero 08, 2010

YO QUERÍA CAMBIAR EL MUNDO PERO NUNCA EMPUÑÉ UN ARMA NI MATÉ A NADIE

YO QUERÍA CAMBIAR EL MUNDO PERO NUNCA EMPUÑÉ UN ARMA NI MATÉ A NADIE

Un cuento de Felipe Chávez G.
Enero 7 de 2010

www.felipechavez.tk

Yo quería cambiar el mundo pero nunca empuñé un arma ni maté a nadie, me cansé de llevar una doble vida y pensé que mi cumpleaños sería una buena excusa para empezar a vivir una sola. Necesitaba contarle alguien la historia para hilar los capítulos en un orden comprensible y aún con el riesgo de exponerme y de contar más de lo debido, decidí narrar los siguientes hechos:


Mi infancia en Popayán sucedió en una familia de clase media, con un padre ejemplar que en su búsqueda de un futuro mejor estuvo un año en Estados Unidos pero regresó para no perderse el crecimiento de sus hijos. Una madre amorosa dedicada a criar dos niñas y al niño menor, yo.
Esa infancia fue feliz y llena de actividades, un día entrenaba judo, otro día baloncesto y otro día natación. Los fines de semana los dedicaba al movimiento boy scout. Al cumplir diez años empecé a estudiar teatro y dejé los deportes.

Cuando cumplí trece años nos fuimos a vivir a Bogotá y ahí empezó mi formación ideológica. El colegio Claretiano fue la puerta de entrada a la Comunidad Claretiana y a la filosofía de la Liberación. Fui laico comprometido y misionero, absolutamente convencido del compromiso social de la Iglesia con los cambios que proponían el Concilio Vaticano segundo y los documentos de Puebla y Medellín.

Dedicaba mis vacaciones de navidad y semana santa a llevar el evangelio a “los mas necesitados” como decía Antonio María Claret. La preparación para la Misión nos exigía largos días de estudio de los filósofos y teólogos de la Liberación. Leonardo Boff, Enrique Dussel y Paulo Freire eran los referentes teóricos y pedagógicos para el trabajo con las comunidades.
Paralelo a estas actividades yo seguía con mi exploración teatral en una fundación que recibía financiación de una arquidiócesis alemana. Allí organizábamos comparsas y pequeños espectáculos callejeros con los jóvenes del barrio y yo empezaba a cumplir mis sueños de director teatral.

En algún momento cercano a mis quince años decidí no volver a las veredas tolimenses a Misión con los claretianos y me quedé en barrios del sur de Bogotá haciendo novenas artísticas, así me alejé de la Comunidad Claretiana y me acerqué a una militancia más política. Entre tantos líderes sociales me relacioné con los más radicales, con los que hacían un discurso antiimperialista en el momento de elegir qué gaseosa tomar. Fueron incontables las horas de análisis y discusión sobre textos de Marx, Engels, Lennin, Eduardo Galeano, pero también de Adam Smith, David Ricardo y hasta de Hitler que nos permitía argumentar nuestros análisis políticos y económicos del continente.

Ellos tenían el vicio de fumar y de andar con el cabello sucio y lo lucían con orgullo antiimperialista, a mí me incomodaba pero no lo decía para no ser acusado de contrarrevolucionario. Una vez los taché de inconsecuentes por aportar miles de pesos mensuales a una multinacional como Marlboro, pero me explicaron que no debía gastar mis energías en peleas tan insignificantes porque la revolución nos exigía guardar fuerzas para transformar el mundo.

Con tantas horas de análisis de estructura y análisis de coyuntura, de dialéctica marxista, de comunismo utópico y socialismo científico que hacíamos en barrios y cafeterías, el colegio me dejó de importar y me empezó a parecer una fábrica de salchichas como lo mostraba Pink Floyd. Pero esas discusiones escolares en filosofía, ética y economía política donde hablábamos hasta por los codos de un tal “Hombre nuevo”, aprendí una lección definitiva para proteger mi vida durante los últimos quince años: llevar un perfil bajo, jamás hablar de marxismo en público y nunca exhibir mis convicciones políticas. Con esta estrategia logré sobrevivir al colegio, la universidad, al trabajo con el estado y hasta al ejército.

EL PRIMER CAMPAMENTO

A los dieciséis años mientras cursaba el décimo grado tuve una invitación que transformaría mi vida para siempre. En las vacaciones de mitad de año fui a un campamento de formación ideológica en las montañas. En ese tiempo las Farc tenían una capacidad operativa increíble. Sin que yo pusiera un peso me llevaron desde Bogotá en carro, bus, jeep y mula hasta unos ocho kilómetros antes del campamento de un Frente. El viaje y la caminata era una primera prueba de resistencia, obediencia y valor. Había que aprender a caminar en silencio con una distancia específica entre persona y persona y obviamente seguir la trocha que a veces era simplemente pasar entre las ramas y las espinas sin quebrarlas ni cortarlas o pasar arrastrados entre el barro para que la trocha se difuminara entre la maleza.

En esa primera caminata que parecía nunca acabar, iba pensando en mis padres que me creían en una misión religiosa. La caminata se detuvo después de unas tres horas de camino, nos encontramos con otros dos grupos de unos veinte muchachos cada uno. Nos dieron elementos de comida para ayudarlos a cargar y continuamos el camino entre la maleza.

Recuerdo a un muchacho que intentaba tragarse las lágrimas con cada paso, con esa cara de desazón pedía la compañía de su mamita, tanto que otros dos nos ofrecimos a ayudarle a cargar el equipaje. Esa carita de niño triste contrastaría años mas tarde cuando me lo volvía a encontrar, pero con una cara de gran fortaleza gritando arengas ante los estudiantes del SENA que planeaban tomarse una sede para protestar contra la privatización.

En esa caminata empecé a coleccionar rostros en mi memoria, nunca he parado de coleccionar esos recuerdos, pero cada vez se me hace más difícil recordar nombres específicos. Suelo no olvidar los rostros y cuando me los vuelvo a encontrar de frente ahí si recuerdo sus respectivos nombres.

Para no dejarme vencer por la sed ni en el cansancio, iba recordando los cantos de caminata que de niño hacía en las excursiones con los boy scouts y así se me fue pasando el tiempo mientras entrábamos a la selva espesa.

La bienvenida al campamento fue de gran camaradería, abrazos de los combatientes que tenían sus fusiles terciados y sus camuflados desgastados pero limpios y organizados para la recepción. Abrazar a un guerrillero era como abrazar a un héroe. A primera vista me impresionó el orden y el aseo del campamento guerrillero, los cambuches, el rancho, el comedor y la ausencia de letrinas.

Al día siguiente con pala en mano aprendí a hacer cincuenta letrinas. La construcción de letrinas es una segunda prueba de sumisión pero también de camaradería pues en una extraña lógica uno empieza a entender que el bienestar que buscamos para la sociedad trasciende una letrina o un sanitario, que uno utiliza la letrina que otro fabricó y al cavar, uno está ayudando al bienestar del otro. Así cada situación en el campamento es una oportunidad de formación ideológica. Los “cuadros”, mandos medios, del frente hacen fila y muchas veces pasan de últimos a recibir la ración de comida.

Allí vivimos una semana de vida guerrillera, gimnasia con troncos simulando fusiles, pasos por pistas de entrenamientos con charcos de barro y paso de cuerda entre árboles mientras se entonan himnos de la heroica revolución latinoamericana. Almuerzo de arroz con lentejas y toda la tarde de instrucción políticomilitar donde claramente se analizaba la historia de la dependencia política y económica de Colombia y la sumisión de la oligarquía y la clase dirigente colombiana, quienes son los únicos beneficiados de la pobreza y la desigualdad social.

Nunca volví a un campamento guerrillero pero recuerdo cada detalle y las personas que lo habitaban. Cada vez que pasan en televisión alguna imagen de un campamento la veo como esperando reconocer a algunos de los muchachos que conocí allí.

La gran conclusión del discurso de “los cuchos” los viejos comandantes, era que la construcción de un nuevo país requería preparación, que si nos llamaba la atención la vida de los combatientes, deberíamos saber que la Farc tenía suficiente base social en el campo, que constantemente alimentaría las filas. Pero que el combate urbano requería gente muy inteligente y preparada como nosotros, por esa razón deberíamos continuar nuestros estudios universitarios y continuar con el “trabajo del partido”. Y cuando fuéramos profesionales podríamos decidir si nos interesaba la vida de combatientes, pero la revolución nos necesitaba en la ciudad, en la academia, en los sectores populares y obviamente en la infiltración del estado.

TÉCNICAMENTE NUNCA FUI GUERRILLERO

Técnicamente nunca fui guerrillero, ni miliciano, ni militante, a duras penas llegué a simpatizante porque mis acciones fueron de simple colaboración.

El modus operandi de los frentes urbanos no es centralizado ni piramidal como creen los organismos de inteligencia del estado, no son células con un líder quien responde a otro líder y así hasta llegar al comandante de frente. La guerrilla parece más un organismo vivo con redes de integración de acciones y flujo de insumos proselitistas y militares. Un organismo gigantesco y disgregado por diferentes sectores sociales. No puede ser una organización piramidal con mando centralizado porque su seguridad depende del anonimato.

Se envía información encriptada y muchas veces falsa para despistar a la inteligencia estatal. Cuando toman preso a un “correo humano” los sacan en el noticiero como si fuera un guerrillero combatiente e incluso como si fuera un jefe de frente, lo “interrogan” con “caricias” incluidas y publican la información como si fuera veraz, pero realmente la mitad de esos correos humanos lleva información falsa y la otra mitad no tiene el mas mínimo conocimiento de la organización guerrillera ni del partido, simplemente saben medio mensaje que deben llegar de un lugar a otro, entonces para librarse de la tortura deben inventar información que los cuerpos de inteligencia toman por verdadera. Un par de meses después los sueltan por falta de pruebas, pues generalmente son muchachos universitarios o trabajadores que colaboran con la causa en labores de difusión.

Yo empecé colaborando con el paso de información. Llevaba folletos y periódicos de una localidad a otra. El uniforme de un colegio privado me facilitaba una movilidad segura en Bogotá. El “voceador” empieza a tener un flujo de información interesante, textos con las hazañas de Centroamérica, las biografías de los grandes mártires de la revolución y obviamente el análisis de coyuntura que confirmaba la validez de la doctrina revolucionaria ante el imperialismo y el servilismo de la clase dirigente colombiana.

De voceador pasé a mensajero, empecé a llevar mensajes entre personas que cada vez parecían más comprometidos y radicales con la lucha, es decir ideólogos y cuadros. La primera regla de supervivencia en el combate urbano es la clandestinidad, por eso la gente mas comprometida con la causa revolucionaria no responde a la caricatura de “mamerto”; nada de buzos de lana, bufandas, boinas ni mochilas; todo lo contrario. El poder de infiltración de la guerrilla es tan grande, que tiene fichas en los lugares más insospechables de la vida nacional. Nadie desconfiaría de un teniente coronel de infantería que desvía información en su brigada para que no encuentren tal campamento.

Un senador de un partido oficialista que en sus discursos parece legitimar la necesidad del paramilistarismo en la costa, es un disfraz que produce mucha confianza y que le permite acceder a los centros de poder, incluso conocer información reservada de la seguridad y desplazamientos del presidente de la república.

Uno de los ideólogos mas radicales de la lucha armada, cuyos escritos se estudian a diario en los campamentos guerrilleros, también es desde hace unos treinta años uno de los más destacados ideólogos de la extrema derecha, dicta cátedra universitaria de teoría del derecho y hace parte de la mesa directiva del partido conservador, donde admiran su odio por la insurgencia. “El doctor” es capaz de decir en público exactamente lo contrario a lo que realmente piensa y ganarse la admiración de la oligarquía, así se puede mover fácilmente entre ellos y extraer información necesaria para la lucha.

Hay otros casos de infiltración en entidades públicas, cuerpos de seguridad, militares y policiales, iglesia y academia y obviamente en política electoral. Pero la infiltración más importante es la de la sociedad civil, la de los sectores sociales quienes ayudan a construir un mejor país, con justicia social.

Yo nunca empuñé un arma, ni ideé ni participé en acciones militares guerrilleras, menos en acciones terroristas, yo me opuse siempre a la guerra y por eso no quise ser miliciano, nunca empuñé un arma, entonces técnicamente nunca fui guerrillero.

EN ESTA ÉPOCA DE POLARIZACIÓN

La caricatura que han hecho los medios de desinformación sobre los simpatizantes de la lucha armada realmente beneficia a la guerrilla, pues logra que la inteligencia estatal pierda su tiempo siguiendo universitarios mochileros mientras los verdaderos infiltrados en los centros de poder gozan de credibilidad y aceptación social y generan una logística importante para la lucha social.
El discurso de odio social que promulga el presidente Uribe ha contribuido mucho para promover esa caricatura de simpatizantes con la lucha armada. Él tilda de terrorista a cualquiera que no se arrodille a su doctrina de la seguridad democrática o que denuncie la corrupción e ilegitimidad de su mandato. Entonces los organismos de “inteligencia” pierden su tiempo buscando periodistas que sí investigan, senadores de la oposición y líderes sociales y sindicales que generalmente no tienen vínculo formal con el movimiento, sino que coinciden con el ideal de construir un país más justo.

La penalización de la protesta social promovida por este gobierno realmente ha fortalecido a la guerrilla militar y socialmente pues inflama la verdadera presencia de la guerrilla en la sociedad, “la opinión pública” ha estado tan ocupada teorizando la necesidad de la reelección presidencial, el beneficio del paramilitarismo para el desarrollo de las regiones, las ventajas de subsidiar a los ricos para combatir la pobreza y especialmente la cohesión social basada que consiste en dividir al país en dos sectores irreconciliables: uribistas vs. terroristas.

Esta maniquea forma de interpretar al país produjo un repudio generalizado de la lucha guerrillera pero al mismo tiempo ha afianzado la idea de que la guerrilla es el único problema del país. Si un pueblo no tiene agua o luz, pues culpa de la guerrilla; si los paramilitares masacraron cincuenta campesinos, pues culpa de la guerrilla; si el dinero público es la caja menor de la oligarquía, pues culpa de la guerrilla y así sucesivamente, la versión oficial de la historia se resume en un país que vivía muy mal por culpa de una guerrilla que no lo dejaba desarrollarse hasta que llegó el Iluminado Álvaro a sacarlo de esa oscura noche.

Entonces mientras la guerrilla ha tenido que replegar a sus militantes y reorganizarse en columnas móviles en el campo, ha fortalecido su presencia en la ciudad y ha sobredimensionado la percepción que tiene la opinión pública sobre ella, es decir que la gente cree que la guerrilla es mas grande y mas peligrosa de lo que realmente es. Es muy difícil hablar de cifras pero yo me arriesgo afirmar que las Farc tienen unos cinco o siete mil combatientes en el monte, las redes urbanas en las principales ciudades pueden tener unos veinte mil miembros activos bien adoctrinados, mas un flujo de millonario de pesos por el tránsito de cocaína, digamos que es un pequeño ejército, en cambio el estado tiene el ejército mas grande del continente con mas de cuatrocientos mil soldados sin contar la armada, la fuerza aérea ni la policía; con la mitad del presupuesto nacional y el flujo de efectivo gringo desplegado por todo el país. Por eso el gobierno requiere inflar tanto la imagen de la guerrilla para seguir financiado su negocio de guerra y desviando la atención del pueblo para que no vean la situación de opresión en la que los tienen.
¿Las Farc están acabadas como lo dice el gobierno, cuando tienen la capacidad de darle de comer a mas de cinco mil bocas en el monte y a realizar acciones militares como el asesinato del gobernador del Caquetá?. Para la gente es mas fácil recitar el discurso oficial: “las Farc están muertas, el presidente las mató”. Pero si eso fuera cierto, no se necesitaría otra reelección para que las siga matando, ahí se ve el poder de manipulación de los medios de desinformación.
Decir que las Farc están muertas es solo una mentira de la publicidad oficial. Como ciudadano, no me interesa que las Farc sigan existiendo pero no por eso voy a creerme el cuento infantil de que están acabadas.

Las razones históricas que crearon a las Farc siguen existiendo y eso permite que las Farc como expresión de la exclusión social sigan haciendo presencia en diferentes regiones de Colombia. La falta de educación y oportunidades al campesino, la falta de espacios de participación política y en general el modelo de desarrollo que profundiza la brecha entre ricos y pobres mediante el monopolio de los recursos naturales, la industria y los medios de comunicación en unas pocas familias solo reproduce la exclusión social, que es el caldo de cultivo de las organizaciones insurgentes.

Igual que en el narcotráfico, tras la muerte de un capo aparecen cinco nuevos carteles; si esas condiciones sociales continúan, así maten a todo el comando central de las Farc, seguirán apareciendo organizaciones armadas subversivas. Supuestamente se desmovilizaron los narcoparamilitares ¿y se acabó el asesinato selectivo de líderes sociales?, extraditaron a los líderes narcoparamilitares ¿y se acabó el narcotráfico?, mataron a Pablo Escobar ¿y se acabó el narcotráfico o se multiplicó?,

AMOR EN EL FRENTE

Yo empecé a sentirme miliciano a los diecisiete años cuando cursaba grado once. Ese no es un título que uno se gane después de pasar un curso, si no una forma de vida que uno decide llevar por compromiso con la causa. A mí nunca me obligaron a hacer nada, yo me ofrecí para realizar lo que consideraba importante y honestamente, poco riesgoso. Empecé a transportar cajas selladas a ciertos sectores de la ciudad, al principio no las abría, era obvio que era material de intendencia y especialmente medicamentos que debían llegar gota a gota hasta los campamentos mas alejados de Colombia.

Una vez aproveché un viaje a un festival de teatro para llevar entre escenografías una caja que me había entregado un cirujano famoso en una clínica privada. Yo pensaba que un burgués dedicado a embellecer modelos no podía ser parte de la lucha, pero el saludo que envió conmigo para su novia de uno de los frentes que operaba en el Huila me impactó. Los dos habían estudiado medicina en una universidad privada, pero apenas terminaron el año rural ella decidió irse al monte a curar camaradas y a promover la salud entre los campesinos. Él se especializó en cirugía plástica y ayuda a financiar la logística de dos frentes.

Las historias donde el compromiso con la revolución se vuelven expresión del amor de pareja se cuentan en las noches de vigilia que exige la vida clandestina. En una de esas charlas mientras entregábamos unos paquetes que debían llegar al Guaviare, me contaron la historia de una camarada que llevaba once años trabajando como suboficial de la policía, condecorada por servicios distinguidos y absolutamente leal con la presentación de informes al comando central de las Farc, con línea directa a “los cuchos”. Los de inteligencia guerrillera dicen que ella es una biblia de los movimientos de personal de la policía, que sabe cuántos policías hay por municipio y que cada seis meses comparte tres o cuatro día con su esposo, un cuadro de un frente que opera en el Chocó.

También escuché la historia de cierto alcalde muy carismático que tenía novias en dos frentes guerrilleros y cuando los cuadros se dieron cuenta, le hicieron un juicio y lo fusilaron, las dos novias estaban embarazadas. O la historia de los milicianos homosexuales a quienes se les permitió compartir cambuche, cuentan que desde 1985 han muerto mas de doscientos guerrilleros por SIDA, al principio tenían prejuicios con los homosexuales, pero hoy en día se han vuelto parte cotidiana de la vida guerrillera.

LAS ACCIONES MILITARES

Una vez me entregaron un paquete cuyo peso me indicaba que no eran medicamentos. Lo abrí y descubrí que eran dos revólveres y municiones para fusil. Muy asustado lo dejé en un nuevo escondite y decidí hacerle inteligencia al que me lo había entregado. Me gasté tres semanas en encontrarlo y seguirlo sin que se diera cuenta y confirmé mis sospechas, era un teniente del ejército quien se hacía unos buenos pesos vendiendo armamento oficial. Ese tipo de gente me cae mal por doble, por desleal, esa gente vende hasta la madre por unos pesos.

Con armas y municiones en mi poder me empecé a sentir vulnerable, cercano al delito y también sentí que me habían aumentado las responsabilidades en la organización. Hice la entrega en el lugar y el tiempo programado y empecé a entender que las entregas fracasaban o eran interceptadas básicamente por descuido del mensajero o porque los sapeaban. Justo a los ocho días agarraron a unos muchachos con unos explosivos muy potentes y los procesaron por terrorismo. Esos muchachos ni siquiera sabían el nombre de quien se los había entregado y estaban esperando que les confirmaran dónde debían entregarlos, pero se pusieron a hablar con sus amigos de sus hazañas guerrilleras y así los interceptaron. Esos muchachos no habían sido voceadores y creían que hacer la revolución era llevar una camiseta del Ché.

Como yo seguía trabajando en actividades culturales en diferentes localidades y era reconocido como un líder social con gestión de proyectos con las alcaldías, tenía mucha facilidad para relacionarme con alcaldes, concejales, ediles y líderes comunitarios. Pero en esos espacios yo tenía un perfil político y cultural, en los debates de presupuestos participativos y planes de desarrollo local procuraba no hablar mucho para proteger mis verdaderas convicciones, me había vuelto muy operativo en formular y ejecutar proyectos a partir de líneas de acción que definiera la alcaldía. El trabajo con nuestra ONG era mi vida real, pero la militancia secreta era una pulsión diaria de la que nadie sabía, ni mi familia, ni mis compañeros, ni mi novia.

Mi novia vivía pensando que yo andaba con otras mujeres porque a veces me le perdía del mapa para hacer algún apoyo o recibir alguna instrucción. Era muy difícil calmarla y yo caía en la trampa de hablarle de lo importante que era nuestro aporte a la lucha y de lo insignificantes que eran esas peleas frente a las grandes luchas de la revolución. Aunque nunca me lo propuse, yo terminé adoctrinándola con la insistencia de mi discurso social. Pero unos años después ella tuvo la fortaleza de deshacerse del discurso y de mí.

Frente a un CAI de policía me informaron que iban a llegar a Bogotá unos compañeros catalanes, mi mamá me permitió alojarlos en la casa durante una noche en la que ellos le cocinaron arroz y le dieron un vino francés. Muy altos y cultos hablaban de la historia colombiana, chilena, cubana salvadoreña con una propiedad que me avergonzó. Nunca los volví a ver, pero unos seis años después el DAS publicó un informe de la conexión Farc - ETA en la que demostraba cómo los europeos habían dado instrucción sobre explosivos a varios frentes de las Farc.

En estos últimos años me he enterado por los noticieros que estuve involucrado en situaciones mucho más complejas de lo que yo creía. Una vez tuve que llevar unos documentos que estaban empacados en un portaplanos. Aunque la instrucción era nunca ver el contenido de los envíos, desde la caja de municiones yo me había acostumbrado a echar una ojeada al contenido de cada envío. En esa oportunidad eran unos planos de un edificio que al parecer tenía una piscina, lo cual no me pareció habitual para un edifico bogotano, tenía marcas de diferentes colores de puntos específicos y rutas de desplazamiento. Yo entregué el portaplanos en una cafetería cerca a la Escuela de Caballería en la carrera séptima.

Un mes después la ciudad se conmocionó por el atentado al Club el Nogal. Cuando empezaron la transmisión en vivo de la las cenizas y explicaron la importancia estratégica del edificio, inmediatamente pensé que la guerra ya había llegado a los cascos urbanos y que la clase dirigente empezaría a entender que la guerra no es un juego de muñecos al que ellos mandan pobres para que llenen de plomo a otros pobres de los otros bandos; si no que la guerra también era con ellos.

Busqué los planos del club y del atentado a ver si coincidían con los que yo había transportado y había guardado en mi colección de recuerdos, era clara la semejanza de los planos pero diametralmente opuesta la ubicación y conformación del atentado, lo que me indicó que yo cargué un borrador no ejecutado de esa operación o simplemente una pista falsa.
Vivía en la incertidumbre diaria de saber si yo sería el próximo sapeado para que pasara un envío realmente valioso, entonces decidí no servir mas como correo humano.

LOS AMIGOS

En la militancia hay una extraña sensación de camaradería, en primer lugar porque se requiere una confianza absoluta al dar y recibir información y en segundo lugar porque se comparte un ideal que está incluso mas allá del valor de la propia vida, lo que nos lleva a compartir una sensación de que nuestra vida va a ser corta, los pequeños espacios de encuentro son muy cálidos, como si fuera el último amigo que vas a tener en la vida.

Entre toda la gente que conocí allá recuerdo especialmente a los cuatro amigos que perdí en esta guerra. El primero tenía la misma edad mía, creo que yo le llevaba un par de meses. Él terminó el colegio y decidió irse al monte, estaba convencido de que sería el nuevo Camilo Torres y lo fue, en el primer combate con la brigada móvil 3 del ejército, murió; apenas iba a cumplir los dieciocho años. Yo me enteré dos años después cuando me encontré con su mamá en un bus que iba hacia el Sumapáz. Con él habíamos soñado recorrer Latinoamérica en motocicleta, pero la vida no le alcanzó.

El segundo amigo era muy arriesgado, absolutamente convencido de la dialéctica marxista. Se infiltró en el bloque cacique Nutibara de los paramilitares y cuando lo descubrieron le quitaron la piel matándolo lentamente. Años mas tarde un desmovilizado de ese frente me contó que los habían obligado a tomar sangre de ese cuerpo para que aprendieran a qué sabe la sangre de los ateos.

El tercero era muy teórico, fanático de la fenomenología, de la escuela crítica de Frankfurt, experto en análisis del discurso, una eminencia en estudios del lenguaje, ya estaba terminando su investigación sobre una lengua indígena de la que quedan pocos hablantes. En sus ratos libres hacía proselitismo subversivo en internet, pero fue dejando pistas virtuales que fueron rastreadas por la inteligencia estatal. Él nunca había empuñado un arma, ni se había puesto un camuflado, pero apareció con cuatro tiros en el cráneo, con botas de caucho y un fusil, supuestamente abatido en combate.

Y el cuarto murió hace poco, se había desmovilizado para irse a vivir con su novia también desmovilizada. Juntos habían entregado dos fusiles y unos cartuchos. Les dieron dinero y los capacitaron para hacer una microempresa, les otorgaron un préstamo y el negocito iba bien hasta que un cuadro vestido de civil los reconoció vendiendo pan en Caparrapí y después de decirles “Camarada, tiempos sin verlos”, los mató a quemarropa.

Pero igualmente me duelen los muertos que no conocí, tanto niño combatiente, tanto campesino ajusticiado, tanto soldado mutilado. Incluso me duelen los muertos de los paracos, al fin y al cabo la mayoría son campesinos analfabetas, mercenarios que matan por menos de un salario mínimo.

EL SERVICIO MILITAR

En el año 1997 me fui a prestar servicio militar, mas por una pretensión literaria que política, quería conocer el mundo para tener historias para escribir. Quería escribir algo como “la guitarra del joven soldado / es recluta también” de Silvio Rodríguez. Entonces me incorporé a un batallón de ingenieros militares en Leticia, Amazonas.

Durante ese tiempo no tuve ningún contacto con gente del partido, simplemente me fui sin avisar, no quería que me pidieran nada mientras fuera soldado. En el batallón me integré a lo que los militares llaman “equipo móvil de acción psicológica”, básicamente un grupo cultural que hacía actividades cívico-militares. Yo me había prometido quedarme callado para no delatarme pero allá vieron mi facilidad para la obediencia militar y me ascendieron a dragoneante.

A los seis meses llegó un contingente de soldados regulares del Putumayo, muchos eran analfabetas y varios de ellos hablaban de su experiencia como raspachines y dos de ellos habían sido milicianos de las Farc pero se habían salido para tener la libreta y poder trabajar en algo decente, es decir que habían sido de esos guerrilleros campesinos de los que yo había conocido en mi viaje al campamento guerrillero.

Con un par de soldados leticianos bachilleres normalistas convencimos al coronel comandante del batallón para que nos dejara hacer un curso de alfabetización para los soldados nuevos. Al coronel le encantó la idea y nos autorizó a dictar clases de alfabetización desde la cena hasta la formación de la recogida. Fue una experiencia fascinante, pero realmente los soldados llegaban muy cansados del entrenamiento militar como para poder concentrarse en las combinaciones de las vocales y las consonantes. Hicimos un mes de clase y espero que en algo les haya servido a esos muchachos. Después conformaron una contraguerrilla y se fueron del batallón.

Por ese “espíritu de cuerpo” que los militares decían ver en mí, salí ascendido como subteniente de la reserva.

Cuando regresé a Bogotá, el movimiento me pidió informe de mis acciones militares y afortunadamente encontraron total coincidencia con el informe que ellos ya habían elaborado de mi año en el servicio militar, lo que me terminó de convencer sobre la eficiencia de las redes de inteligencia y contrainteligencia guerrillera.

¡IDEOLOGÍA IDEOLOGÍA!

Cuando cumplí veinticinco años empecé a tener un desencanto profundo con la ideología. Sentí que la guerrilla se había apartado de sus luchas sociales y ahora tenía mucha prioridad en la financiación mediante el gramaje. La financiación de la guerra siempre lleva a los abusos de la estupidez.

Me empecé a sentir como si fuera del siglo pasado, como que mi estructura mental no había reconocido la caída del muro de Berlín, que el mundo ya había cambiado y yo seguía igual. Me cansé de la desesperanza por un país mejor, me cansé que la guerra se convirtiera en un partido donde se cuentan goles de bando y bando, me cansé de la polarización de la opinión pública promovida desde la Casa de Nariño y fundamentalmente me cansé de la larga existencia de las Farc.

Una organización social y campesina que se alzaba en armas debía tomarse el poder con un golpe de mano y no enquistarse en la lucha durante cinco décadas, si bien las condiciones históricas eran adversas a la lucha revolucionaria; también era mucha falta de capacidad no haberse tomado el poder ni cuando Pastrana se había sentado a dialogar. Empecé a escribir sobre estos temas con algunos de mis seudónimos e igual que hacía ocho años cuando llegué del ejército, me llamaron a dar informe.

Yo expuse mis argumentos y me explicaron que era un honor ser una de las guerrillas mas antiguas del mundo, pero yo insistí en que eso no era un honor si no una vergüenza pues demostraba la falta de adhesión popular al proyecto revolucionario. Ellos insistían en que Colombia tenía una larga tradición de exterminio al pensamiento de izquierda, que no olvidara los tres mil muertos de la Unión Patriótica por parte de paramilitares y agentes del estado, que por eso no se había consolidado un gobierno popular.

Yo insistía en que ningún país había aceptado una revolución popular sin poner resistencia y que si el movimiento en realidad quería el poder, debía tomárselo porque al dilatar esa decisión y al usar bajas estrategias de guerra y terrorismo que afectaban a la población civil, iba perdiendo su mayor patrimonio: el apoyo popular.

La discusión se convirtió en una serie de insinuaciones sobre el “aburguesamiento” de mi pensamiento. Que ese tipo de retóricas eran propias del oficialismo paramilitar y que mi afán de concretar la lucha revolucionaria era puro miedo a enfrentar los rigores del combate revolucionario.

Como siempre, no quise ahondar en discusiones bizantinas y acepté la invitación con tintes de amenaza que me hicieron: salir de Bogotá donde tantos años de trabajo social y militancia clandestina me habían vuelto una figura muy reconocible del movimiento.

Justo por esos días a una novia que tenía le ofrecieron un trabajo en los llanos orientales y de carambola a mí también me lo ofrecieron. Aunque el trabajo no me interesaba, la posibilidad de tener un salario fijo y deshacerme de tanto riesgo y de tanta “responsabilidad histórica” me animó a empacar maletas y abandonar esa historia y llegar a donde nadie me conocía a ser un anónimo mas, pero con posibilidad de tener un nombre propio.

Ya han pasado tres años en esta ciudad, mi esposa está esperando mi primer hijo a quien algún día le contaré que yo quería cambiar el mundo pero nunca empuñé un arma ni maté a nadie, me cansé de llevar una doble vida y pensé que mi cumpleaños sería una buena excusa para empezar a vivir una sola, la vida de la esperanza.
Publicar un comentario