domingo, agosto 22, 2010

Sobre el fuego y la discriminación


Dije varias veces que no pertenezco a ninguna minoría que me defienda:  no soy negro, ni indio,  ni extranjero,  ni gay,  ni desplazado,  ni niño,  ni joven,  ni mujer,  ni lisiado,  ni terrorista,  ni paraco,  ni pandillero,  ni nada.  Para el Estado y la sociedad soy un número más de la masa fusiforme de la opinión pública, estadísticamente alfabeto, cotizante; soy un simple contribuyente masculino en plena edad productiva.
Pero esta semana sentí por primera vez la discriminación por pertenecer a una minoría.  Mis estudiantes me miraban con cara de asombro,  luego con asco y después con pesar.  Muchos me miraban fijamente pero intentaban disimular que me estaban mirando y otros no aguantaban las ganas de preguntar qué me había pasado.
Todas mis conversaciones de la semana estuvieron atravesadas por esas miradas inquisidoras y por una inocultable actitud de rechazo corporal.  Me sentí como una especie de  peligro público, como un virus ambulante. Algunos evitaron acercarse,  mirarme directamente a la cara e incluso rozar cualquier parte de mi cuerpo.  No es una exageración y no quiero ofender a quienes padecen enfermedades graves,  pero en estos días sentí la discriminación por una enfermedad.
Me salió un pequeño fuego bajo el labio y tuve que aplicarme una crema que al secarse quedaba amarilla sobre los granitos,  como un pus.
Mi esposa que de cuando en vez saca a relucir su hipocondría solidaria,  esa rara habilidad para diagnosticarle enfermedades a los demás,  donde una tos es neumonía,   una baja de defensas es leucemia o un olvido es demencia senil;  pues diagnosticó que mi “fuego”  es “herpes labial” y así como una diarrea es menos discreta que una soltura,  la definición médica de mis granitos transformó el comportamiento de mi hogar.
Según el consenso de las páginas web visitadas con el primer googleazo, que misteriosamente venden remedios para el herpes labial;   ahora pertenezco al 25 % de la población mundial que contrajo el herpes tipo 1 aproximadamente a los veinte años de edad, que tiene el virus incurable y que en ciertas condiciones de exposición al viento al sol o al estrés podrá repetir los episodios del brote y como el herpes tipo 1 puede convertirse en tipo 2 es decir el herpres genita, automáticamente mi vida sexual veinteañera quedó en entredicho,  ahora soy sospechoso de cualquier acto horrendo cometido en la intimidad con “quien sabe quien”  porque la gente de bien no se contagia,   los buenos son sanos y si se contagió es “porque algo malo hizo”.  Incluso la aparición del granito estuvo acompañada de la sarcástica pregunta “¿dónde metió esa boca?”, como si una enfermedad de transmisión sexual hiciera erupción inmediata.
Hace un tiempo que vivimos una delicada situación de salud familiar,  mi esposa me dijo que si me daba una enfermedad terminal,  me acompañaría hasta el último día,  que no me abandonaría ni en la enfermedad más dolorosa y yo le dije lo mismo,  porque lo siento honestamente.  Fue una de esas conversaciones amorosas donde uno se jura amor eterno.
Pero ahora,  junto a los granos de mi labio hay una sensación incomoda,  como de que es muy difícil compartir almohada,  como de que me equivoqué usando la misma toalla,  como de que es mejor dejar unos platos y unas cucharas exclusivas para ti…  como de que es mejor no tocarte en estos días…  en últimas,  la misma sensación del rechazo corporal que sentí en la calle,  pero dentro de mi casa y con un ingrediente adicional: ¿qué puedo hacer para que estés mejor,  para que no te pongas grave?.  Eso debe ser lo que en el rimbombante lenguaje políticamente correcto llaman “discriminación positiva” comprender la situación del otro para darle un tratamiento específico acorde a sus necesidades.
La discriminación en la calle se es tan generalizada que uno  se vuelve inmune a ella y hasta le mama gallo.  Cuando entraba a clase le decía a mis estudiantes: antes de que alguien se anime a preguntar lo evidente,  sí,  tengo crema en la cara y no es crema dental,  es una crema para curar algo que me salió en la piel.
Todo este tema me ha tenido pensando sobre los prejuicios que tiene la gente sobre las enfermedades.  El prejuicio de la enfermedad como un castigo divino,  como una consecuencia kármica de los malos actos,  incluso con ese discurso de error-humano-castigo-divino se sigue haciendo la promoción de la salud reproductiva en algunos lugares. 
Los prejuicios sobre cualquier condición corporal diferente a “la normal”,  salir con mi amiga que pesa 100 kg implica recibir miradas acusadoras,  por el simple hecho de tener una talla corporal diferente al promedio y pienso que en la incapacidad de comprender la diferencia y la consecuente obligación de pertenecer a la “normalidad”,  radica el odio que alimenta la guerra y la imposibilidad de vivir en un mundo en paz.
Con esta experiencia he pensado mucho en quienes tienen enfermedades terminales, en las familias que deben convivir con ello y con los prejuicios de la discriminación.  Aunque dije que no pertenezco, estos granitos me han hecho sentir en una minoría y como tal,  discriminado,  pero me han permitido vivir la realidad del otro;  entonces me han enseñado a ser más humano. Afortunadamente ahora pertenezco a una pequeña minoría que puede compartir el hogar con una esposa,  así ella me diagnostique cada mes una enfermedad diferente.
Publicar un comentario