sábado, abril 30, 2011

El hijo del panadero y el hijo del carnicero


Mi sargento Tique era uno de los suboficiales más altos y fornidos del ejército,  medía dos metros con cinco centímetros, era moreno y robusto.  Solía decir que tenía lo mejor de las tres razas:
-          Soy tan fuerte como el negro,  tan malicioso como el indio y tan hijueputa como el blanco.
Tenía el pecho lleno de cursos y condecoraciones: lancero,  paracaidista,  fuerzas especiales,  comando urbano,  alta montaña,  fundador de brigada móvil y la insignia que más quería: curso Airborne que hizo con la Armada de los  Estados Unidos.  Los sargentos  más antiguos se burlaban de del SS Tique porque se la había pasado de curso en curso y nunca había vivido la guerra de verdad.

Tique Carabalí Wilson Mario,  llegó a la escuela de suboficiales antes de terminar el bachillerato.  Un tío, sargento retirado, le había buscado el cupo y se había prestado como garantía para pagar el estudio a su sobrino porque el padre de Wilson Mario era el humilde panadero de un pueblo de Boyacá.
La primera vez que Tique llegó a casa de mamá con el uniforme peloeburro,  las muchachas del pueblo quedaron sorprendidas y dejaron de burlarse del hijo del panadero porque ahora era un cuadro del ejército.
Nunca se le conoció una novia porque estaba casado con la milicia  y entre curso y curso de combate no quedaba mucho tiempo para armar una familia. 
Mi sargento Tique hizo el curso de paracaidismo a regañadientes porque,  aunque no lo aceptara públicamente, le tenía miedo a volar.  Como en el ejército,  cumplió la orden,  hizo de tripas, corazón y soportó los mareos y la taquicardia en cada vuelo. 
Jacinto Esquivel Piraquive soñaba con pilotear alguna de las avionetas que llegaban a la pista que quedaba cerca al pueblo,  hacía aviones de papel y se imaginaba volando mas allá de las montañas que lo vieron nacer.  Cuando terminó quinto de primaria uno de sus primos se lo llevó a la guerrilla porque en ese pueblo del Tolima no había más opción que ser jornalero o heredar el oficio de su padre y ser el carnicero del pueblo.
A los dieciocho años Jacinto se convirtió en el comandante Alfredo.  Trabajó con células y cuadrillas hasta llegar a ser comandante de un frente.  Era un tropero con línea directa al Secretariado por su valentía en los combates.
En la guerrilla decían que el comandante Alfredo había entrenado en la Unión Soviética y por eso tenía tanta mística.  Hablaba poco,  pero cuando lo hacía irradiaba un fervor casi religioso por la construcción del socialismo en América Latina.
Ese día completábamos veintisiete días caminando en el monte,  yo tenía los pies llenos de hongos y la tradicional hambre del infante.  Mi sargento Tique intentaba subirle la moral a la tropa con sus historias de combates y anécdotas de los cursos militares.
Se quitó la camiseta y nos mostró las cicatrices de puntos que tenía en el lado izquierdo del pecho.  Eran los rastros de las graduaciones de cada curso.  En ceremonias privadas los lanceros se felicitaban dándose puños en la insignia para que los dos chinches metálicos se les enterrara en la piel,  podían sangran pero nunca demostrar dolor,  porque “un lancero nunca se queja”.
Así contaba las pruebas de tortura y resistencia en cada curso y siempre terminaba con su frase  “el entrenamiento debe ser tan fuerte, que la guerra sea un descanso”.
Justo después de esa frase  llegó un centinela muy asustado y le dio una información en voz baja.  Mi sargento Tique entendió el peligro,  nos ordenó atalajarnos,  cargar los fusiles y nos ubicó en sitios estratégicos.  Desde ese momento todo fue tensión,  parecía que la guerrilla estaba cerca y yo tendría mi primer combate verdadero, nada de blancos de papel;  desde ese momento sería matar para vivir.
Mientras recordaba a mi mamá escuché la primera ráfaga,  estaban a unos trescientos metros.  Mi escuadra seguía la orden  “Bala disparada,  bala asegurada”  que significaba disparar a la fija.
Un combate real no es como en las películas gringas,  con miles de explosiones y ráfagas.  En la guerra colombiana se deben tazar las municiones.  Yo escuchaba mi respiración y agudizaba la mirada para identificar entre la maleza lo que me habían dicho que era el enemigo.
Alguien de la compañía Cobra quedó herido.  Mi cabo Ordóñez, el enfermero lo atendió pero murió unos minutos después,  sentí una mezcla de tristeza por la muerte de un soldado,  pero alegría porque el muerto no era de mi escuadra.
Apenas se supo la noticia de la muerte de mi curso todos los soldados de la Cobra y de la Alfa empezamos a disparar como buscando venganza.  Se escucharon gritos de dolor,  en la columna guerrillera había varios heridos.  Mi sargento Tique ordenó usar la M 60 para abrir camino,  nos acercamos unos metros y ordenó lanzar granadas.
Nosotros escuchábamos que los guerrilleros corrían entre la maleza hacia el caño pero mi sargento ordenó acercarnos con cautela hacia donde estaban los heridos,  el objetivo era capturar insurgentes y en esa zona no era seguro correr detrás de ellos porque habían minas antipersona.
Encontramos tres cadáveres,  dos muchachos de unos dieciséis años y una muchacha de unos veinte.  Seguramente los alcanzó la granada porque estaban desmembrados,  pero no tenían armamento.  Mi sargento dijo que habían tenido tiempo para sacarle las municiones pero no se habían llevado los cuerpos.
Hicimos una operación rastrillo buscando armas,  municiones y explosivos.  Pero solo quedaban los casquillos tibios de los AK47 de la guerrilla.  Caminamos por una trocha buscando el rastro de los guerrilleros que salieron corriendo, encontramos  un herido.  Mi cabo Ordóñez y el soldado Díaz le prestaron los primeros auxilios.
Mas adelante hubo un intento de emboscada.  Tres francotiradores estaban mimetizados entre los árboles,  nos dispararon pero no hubo heridos.  De nuevo mi sargento ordenó usar la M 60 para la avanzada de los granaderos y en el correteo se logró la captura de dos francotiradores,  el otro se perdió entre la manigua.
La operación fue un éxito: tres guerrilleros muertos,  tres capturados,  uno de ellos seguía desangrándose en la camilla improvisada y nosotros teníamos una sola baja. Mientras esperábamos el helicóptero,  mi sargento Tique estaba eufórico.  Esperaba una felicitación por las capturas y una investigación por la muerte de su soldado,  pero en ese momento lo importante era salir de monte y llegar sanos al batallón.
Cuando llegó el helicóptero yo estaba de turno cuidando al herido y ayudé a subir la camilla.  Teníamos el cuerpo del soldado,  los tres cuerpos guerrilleros, los dos capturados y el guerrillero herido.  Ya había mucho peso pero mi sargento me ordenó quedarme en el helicóptero junto con otros dos soldados.
Mis lanzas se  sentaron al frente, al lado de los dos capturados y yo estaba en la parte de atrás junto al enfermero y al herido.  Mi sargento estaba de pié vigilando a los capturados,  se le notaba el nerviosismos por el vuelo.  Todos íbamos callados aturdidos por la hélice y el ruido distorsionado de los radios.
Durante un rato me quedé mirando la inmensidad de la selva que desde esa altura parecía un tapete verde con culebras de agua que jugaban a esconderse entre las nubes.
No sé en qué estaba pensando uno de los capturados cuando soltó una carcajada,  simplemente estaba ahí sentado,  con las manos esposadas, una sola bota pantanera,  en medio de dos soldados y se rió como el que recuerda una pilatuna o el que se siente en el absurdo.
Pero a mi sargento Tique no le pareció chistoso,  lo tomó del cuello, lo puso de pié y le gritó en la cara:
-          ¿De que se ríe hijueputa?,  ¿Me le parecí a su madre o qué?.
El otro guerrillero solo alcanzó a decir:
-          Tranquilo comandante,  no le responda.
Entonces mi sargento se dio cuenta que tenía en sus manos al comandante Alfredo,  al mismo que había perseguido durante tres años y que según inteligencia militar era el responsable por mas de treinta bajas en el ejército.
Mi sargento Tique empezó a temblar de la rabia sacudiendo al guerrillero y sin dejar de mirarlo a los ojos le pegó un puño en el pecho que lo sacó despedido por la portezuela del helicóptero.
Jacinto Esquivel Piraquive  alias comandante Alfredo estaba cayendo a la inmensidad de la selva,  intentando agarrarse del aire con sus manos esposadas y yo en el helicóptero con mi fusil entre las piernas mirándolo a los ojos, imaginando en esa mirada que el comandante había reído porque de niño soñaba con pilotear alguna de las avionetas que llegaban a la pista que quedaba cerca de su pueblo natal y hoy estaba teniendo su primer y último vuelo.
Cuando llegamos al batallón se hicieron los documentos del soldado y los tres guerrilleros muertos,  un guerrillero herido, otro capturado y nadie dijo nada de la captura ni del vuelo del comandante Alfredo.
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