viernes, febrero 07, 2014

Cuando fui artista

Cuando fui artista el mundo me habita en la imaginación.  Creía que en el mundo "real",  en el mundo de las cosas,  mi vida no importaba porque todo estaba supeditado a la Creación,  sí con mayúscula,  que lograba en ese mundo imaginario del arte,  digamos,  de creerme artista.

Cuando fui artista yo tenía ocho años y soñaba con escenarios,  no sabía muy bien qué sería eso del teatro,  pero una fuerza poderosa me atraía  al juego de la representación.

En la adolescencia mi pretensión de artista se volvió el eje de mi vida,  el único discurso posible.  Pero no era un arte de espectáculo,  en el sentido de ser reconocido y aplaudido,  sino un arte en el sentido de la indagación por la vida,  un arte como  la forma más sublime de vivir,  el arte como la única forma digna de asumir la vida y la verdad.

Se trataba entonces de ser-en-el-arte,  de ser-ser  solamente mediante el arte pues el arte era la esencia y la subsistencia...  Todas las otras facetas de la vida carecían de significado frente a la prioridad y la premura del arte.  Era ser-artista o no ser,  no tener otra posibilidad para ser,  no ser digno de ser sin ser artista y así la vida era escenario y materia prima de la misma creación.

Iconoclasta,  egocéntrico;  "hacer de la propia vida una obra de arte",  el principio vanguardista retumbaba en mis oídos.  Lo que más recuerdo de aquella época era la sensación de la levedad y la insignificancia de la vida práctica,  donde comer,  beber,  vestir,  acumular títulos y reconocimientos eran insignificancias frente al hecho de la creación,   la realización más grande que se podía llegar a alcanzar pero nunca se alcanzaba porque la vida consistía precisamente en el eterno juego de la búsqueda,   de la indagación,  del ejercicio constante de la preparación para la escena.  Era una vida donde era "más importante la caza que la presa"... Era la vida del arte por la que era digno morir,  pues un día de creación supliría toda una vida de mediocridad y de borreguismo.

Mientras lo entendía se me pasaron como veinte años y y en los últimos día me he sentido,  digamos,  menos artistas.  Cada día me siento más como crítico de arte,  como historiador del arte,  como hermeneuta,  pero no como un artista.  Cada día estoy más burocratizado,  más estandarizado,  más diezmado,  mas normalizado  (para usar una de esas horribles palabras de la escuela);  cada día me siento menos artista y más crítico de arte y sé que hay mucha distancia entre el marinero y el cartógrafo,  pero aquí estoy haciendo los mapas de los lugares que recorrí y a los que seguramente la vida jamás me dejará regresar.
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