viernes, febrero 21, 2014

Cuando fui revolucionario

Cuando fuí revolucionario mi cabello estaba largo como señal de rebeldía.  Tardé muchos años para eliminar la relación entre el cabello y mi forma de pensar.

Cuando fui revolucionario hacía parte de un momento histórico y la responsabilidad de transformarlo caía en mis hombros.

Lo que más extraño de mi época de revolucionario era la disciplina para el estudio,  del materialismo a la fenomenología,  era importante conocer la tradición del pensamiento occidental,  europea y colonialista para poder proponer un hombre nuevo desde Latinoamérica.   Eran las épocas de leer toda la noche el único ejemplar del libro que había que rotar entre toda la organización.  Era la época de leer para encontrar la validez de los argumentos.

Después de eso mis lecturas de han vuelto más frágiles,  menos sistemáticas,  más fragmentadas.  Es como si hubiera perdido mi noción del libro,  como que ahora lo importante es solo el capítulo y los enlaces con otras referencias,  es como si fuera una lectura en red donde lo importante no es la linealidad de una narración sino el descubrimiento de las conexiones con otras narraciones.

Cuando fui revolucionario creía en el trabajo  colectivo,  en la organización de clase si se quiere,  pero cada vez creo menos ello,  no porque no creo en la fuerza de la unión sino porque he perdido fe en la especie humana;  antes mi esperanza de la revolución se basaba  en el supuesto de la bondad que cada cual debía reconocer en sí mismo,  pero ahora sé que la bondad humana no es una condición sino una anomalía.

No sé si sea necesario algún ejemplo para esta afirmación,  baste ver un telenoticiero para ver la clase de calaña que somos como especie,  desde el que asesina a sus hijos a machete,  pasando por que mata a la anciana manejando borracho,  hasta el adicto al poder que siente al Estado como su alcancía y al mismo presentador que cree ser él mismo la noticia.

Mi idea de la revolución se basaba en la creencia del bien común,  en la capacidad del ser humano para desprenderse y para compartir,  pero los años han me han mostrado justamente la incapacidad humana para la solidaridad.

En suma,  dejé de ser revolucionario no porque no crea en la Revolución,  sino porque perdí mi esperanza en la humanidad.
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