domingo, marzo 20, 2016

Mañana viajo a Popayán

Desde que conocí a mi suegra y a la tía de mi esposa,  les prometimos llevarlas a conocer la Semana Santa de Popayán,  como ya han pasado mas de ocho años,  la invitación se había vuelto un chiste familiar,  pues generalmente en Semana Santa voy al Festival Iberoamericano de Teatro.

Pero este año no quise ir al Iberoamericano,  tengo una maluquera como la del 2008.  Así que empacamos maletas y en pocas horas espero estar de guía turístico en Popayán.

Hace un par de semanas en clase en la UdeA hicimos un ejercicio sobre el recuerdo de la primera vez que fuimos al centro de la ciudad.  Yo escribí esto:

Mi recuerdo mas antiguo es en la Semana Santa de 1983.  Poapayán amaneció zarandeado por un terremoto que la dejó semi destruida.

Recuerdo que nos pasamos a la acera del frente donde había una casa con un jardín muy grande lejos del peligro de que alguna construcción colapsara.  Después esa casa se convertiría en el Preescolar Bambi del Norte.

Recuerdo el chocolate comunitario que tomamos con los vecinos con el temor de volver a entrar a nuestras casas.

Años después supe que el señor Juan Gossaín sobrevoló el centro de la ciudad y al ver las tejas de barro desordenadas dijo que todo popayán había sido destruído.

No recuerdo mi primer día en el centro de la "ciudad blanca",  pero sí recuerdo que durante toda mi infancia el centro histórico fue una sucesión de ruinas,  unas iglesias viejas apuntaladas con andamios de guadua,  en riesgo constante de caer. Unos lotes con unos pedazos de casas de adobe,  unas tejas de barro,  unos recuerdo arrumados.

Sobrevivir a un evento de esa magnitud dejó a la ciudad en el debate de reconstruir el pasado o construir el futuro.  Algunos abogaron por la recuperación de la arquitectura vernácula,  pero los estudios concluyeron que no existía un estilo de arquitectura denominado Popayán.

Muchas fachadas se reconstruyeron a la antigua,  manteniendo el blanco inmaculado,  pero los interiores fueron reformados para usos más modernos.  Las casas viejas del centro  siguieron siendo del poder tradicional,  los Mosquera,  los Valencia,  los Chaux;  o se convirtieron en museos que preservan ese pasado rimbombante de esclavismo y exclusión.

Seguramente por esos recuerdos de las ruinas de mi infancia es que me gusta ver caer  esas casas viejas  para dar espacio a nuevas construcciones,  que también envejecerán y caerán en unos años.  Entiendo la cultura como una transformación constante,  como un organismo vivo que nace,  crece,  se reproduce y muere.  Y seguramente por eso me gustó tanto el lema de algún alcalde de hace algunos años  "Popayán más futuro que pasado".
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