viernes, mayo 18, 2012

Cartas a mi padre 3: Los recuerdo de la infancia


LOS RECUERDOS DE LA INFANCIA

Mientras me van corriendo los años  he empezado a reconciliarme con la infancia.  Cuando niño,  quería ser grande,  en la adolescencia quería ser adulto y ahora en la adultez,  he empezado a tener una mejor relación con mi infancia. Es una especie de nostalgia,  como si uno fuera la colección de recuerdos de la niñez. 
Después del psicoanálisis,  la gente se la pasa buscando la causa de sus problemas en la niñez y como buscan culpables,  los encuentran;  siempre habrá algo en la infancia que les justifica su forma de ser en el futuro.  Es una especie de metafísica psicoanalítica de la culpa que se popularizó.

A mí me pasa algo semejante,  cada vez que me autoevalúo laboral o afectivamente encuentro una justificación en mi historia de la infancia;  incluso creo que lo que soy y lo que sé, es lo adquirí en los primeros trece años de vida y en ese sentido me considero un privilegiado.  Recuerdo que gracias a la comodidad económica de la familia y a la facilidad de la vida en la Popayán de los ochenta yo fui un niño con acceso a muchas actividades y a una educación primaria de calidad. Un día entrenaba judo,  otro día baloncesto,  el sábado natación y el domingo en el movimiento Scout.

Creo que esas pequeñas habilidades de dirigir grupos,  concretar proyectos colectivos y compartir el conocimiento que aprendí en esas actividades,  son justamente lo que me ha dado de comer estos años.
Ahora que el negocio del miedo salió ganando y los padres encierran a sus hijos en las casas,  los colegios y los centros comerciales veo con tristeza que esos niños no pueden vivir experiencias como la vida al aire libre,  la independencia de los padres y la aventura de la vida.


La vida al aire libre es remplazada por los videojuegos,  la independencia,  por el abandono de los padres quienes se ocupan en hacer dinero y la aventura  se reduce al ciclo del consumo. 

Te podrá parecer una caricatura bucólica esta generalización,  yo viví la infancia en el siglo pasado en un mundo más rural y el mundo urbano de hoy ofrece otras posibilidades a los niños,  de acuerdo.  Intento plantear que mis recuerdos de infancia,  mi formación de niño se dio en medio de muchas actividades sociales de ayuda y voluntariado que me definieron como artista,  como pedagogo,  como gestor social o como quiera que me quieras definir  personal y profesionalmente.

Decía que tengo una gran nostalgia por lo que viví en esa época: mis entrenamientos deportivos,  los campamentos y la mística Scout y muy espacialmente mi grupo de teatro infantil e insisto,  allí aprendí las habilidades que me han dado el sustento toda la vida.  Después en el bachillerato,  la universidad y el trabajo,  simplemente profundicé el conocimiento que empecé en esos primeros años.

Refuerzo esa imagen viendo a algunos de mis actuales alumnos,  que terminan el bachillerato y nunca se pararon frente a un grupo a exponer una idea,  que llegan a la universidad y nunca tendieron la cama,  nunca pasaron una noche en la soledad en medio del campo.   Nunca enfrentaron el miedo ni la dificultad porque siempre estuvieron "protegidos" por sus padres.

Creo que esa es una característica de los padres actuales: evitarle el esfuerzo,  el miedo y la dificultad a sus hijos creyendo que eso es el amor;  pero resulta que la vida tiene bastante de esos ingredientes día a día y quien no los ha vivido se los encontrará algún día  a la vuelta de la esquina y quién sabe con qué herramientas lo sorteará.  

El asunto puede ser tan caricaturesco que he visto padres que se dejan vencer en una partida de ajedrez o en un partido de fútbol con su hijo simplemente para evitarle el malestar de la pérdida al niño,  pero también para reforzar la idea del éxito que vende ésta sociedad.  

No aguanto esos padres que para llamar a su hijo le dicen “campeón” pues ¿si el niño no sale campeón?,  ¿si el niño fracasa?,  ¿si el niño no lo logra? , ¿Perderá la condición de hijo?,  creo que quien llama a su hijo “campeón”  está proyectando su propio miedo al fracaso en su hijo.

Este asunto de la paternidad me ha tenido cabezón hace unos años,  pero sobre él hablaremos en alguna otra carta.

El punto ahora era la infancia y te decía que me he reconciliado con la niñez.  Creo que al niño hay que ofrecerle una cantidad de actividades para que se enfrente con la vida,  para que se integre a la sociedad,  para que se involucren con el-otro,  para que salga de esa fase que los psicólogos llaman egocentrismo.
Pero los niños de hoy viven como en un reality de televisión,  como en un Truman Show donde toda la escenografía es de cartón, los escenarios están controlados y la comunicación está libreteada y  los padres pagan un colegio para que allá les enseñen qué es la vida,  una vida de mentira,  evaluada,  planeada y controlada.  Pero la vida fuera de estas instituciones de control es bastante diferente.

A estas situaciones les llaman “la sociedad de la representación”: el niño no va al parque sino al centro comercial con un parque de plantas de plástico,  el niño no va a un colegio a aprender,  sino a prepararse para unos exámenes,  el niño no se enfrenta a la necesidad de relacionarse con el otro sino que lo agrega o lo suprime de su lista de “amigos”  en las redes sociales, el niño ve las historias del televisor y las asume como un mundo real y así sucesivamente,  estamos en una sociedad de escenografía.

Papá,  te digo que me he reconciliado con mi infancia desde la perspectiva de una nostalgia positiva.  Agradezco las actividades que viví,  las comodidades y las carencias, incluso tu distancia en cada viaje pues todos esos momentos de la infancia hacen parte de lo que soy.  A veces me pongo a hablar con mi propio recuerdo de un niño de ocho años que no entendía por qué su padre estaba en Estados Unidos buscando mejor fortuna y veo en esas noches el origen de la melancolía que me ha acompañado toda la vida.
Publicar un comentario