viernes, diciembre 14, 2007

LA HISTORIA DE MI PAPÁ

LA HISTORIA DE MI PAPÁ

OCTUBRE 22 DE 2007

Mi papá es una persona increíble, con el paso de los años lo he vuelto a idealizar como cuando yo era niño…

Oscar Hernán nació en las montañas del municipio de El Tambo cerca a Popayán, en el Cauca. Por ser el mayor de los hombres, a los catorce años quedó de papá de los nueve hermanos cuando José Manuel, mi abuelo murió… por eso no pudo seguir sus incipientes dos semestres de topografía en la Universidad del Cauca, en cambio los hermanos menores sí pudieron ser profesionales, ingenieros y médicos.

Era un poco solterón y se casó con Stella Gutiérrez llevándole diez años de edad, yo supongo que mi mamá tendría unos 18 y él 28, la verdad nunca hemos hablado de ese matrimonio, yo he visto fotos de todos los tíos casándose menos del matrimonio de mis papás.

La familia Chávez Gómez es muy curiosa, mi abuela Blanca Brunilda dice que dios hizo a sus hijos y botó el molde pues todos sus hijos hombres son ejemplares: trabajadores, estudiosos, disciplinados, buenos maridos… todos con un solo matrimonio responsable, en cambio la generación de primos, mi generación es un despelote.

Mi papá siempre es Don Oscar, para todo el que lo conoce, tiene un don de gentes envidiable. Trabajó con el municipio de Popayán siendo secretario e inspector de policía de donde se jubiló en el año 1983 cuando yo apenas tenía cuatro años. Desde ahí, la pequeña pensión del Municipio de Popayán nos mantiene y ahora ayuda a sostener incluso a mis sobrinos.

Mi mamá siempre se dedicó a criarnos y mi papá siempre a trabajar. Como la pensión no le era suficiente y estando tan joven decidió que quería un mejor futuro, una ciudad, algo mas amplio que ese pequeño municipio. Quiso salir de la finca, quiso salir de El Tambo, quiso salir de Popayán.

Hizo algunos intentos de negocios que no resultaron entonces empezó a viajar. En 1987 estuvo en Miami buscando el sueño americano, pero una noche soñó que un tipo salía en pijama del baño y pasaba por la sala, entonces le preguntaba a mi mamá:

-¿Quién es ese tipo?

Y mi mamá le respondía:

-Es el colmo que no reconozca a su propio hijo… que ya creció.

El tipo del sueño era yo: Felipe, ya adulto sin reconocer a mi papá… la distancia terminó el sueño americano…

Después se fue a San Martin, Meta a administrar personal en una finca palmera. Estuvo un año, pero también la distancia lo fregó. Después fue a Cali y estuvo unos años hasta que lo enviaron a abrir una sucursal en Bogotá. Para ese tiempo, mi hermana mayor, Lorena; terminó el bachillerato y se fue a Bogotá a estudiar.

Entonces en Popayán quedamos mi mamá, mi hermana Mercedes y yo. La familia estaba dividida. Lorena consiguió el cupo en el Colegio Claretiano y la casa en el barrio Pinos de Marsella.

Cuando cumpí 13 años, es decir en enero de 1992, nos fuimos a vivir a Bogotá… A vivir el sueño bogotano… ahí empezó un nuevo capítulo en la historia de la Familia Chávez Gutiérrez.

Ahora entiendo que es muy difícil hablar de mi papá sin hablar la historia de la familia; siento que mi papá y mi mamá son uno solo, una sola historia, el epicentro de la familia.

Mi mamá siempre se dedicó a criarnos, a gobernar la casa a formarnos como gente de bien. Siempre es cariñosa y siempre fue la de la cantaleta para organizar la casa. Mis papás nunca se metieron en las vidas íntimas de sus hijos, pero recuerdo las frases mas lapidarias que me dijo cuando me fui a vivir a Villavicencio:

-“Yo me siento vacía, como que la vida no me debe nada pues no me esforcé lo suficiente, mis hijos no me deben nada pues yo no me esforcé para darles algo, no tiene lo que deberían tener, no me deben nada… Ninguno de mis tres hijos va a ser feliz pues los tres perdieron su primer amor… yo fui feliz pues mi único amor siempre fue su papá y yo soy el único amor de él”

Aquí las vidas de los tres hermanos aparecen como proyectos económicos inconclusos. Mi mamá se siente responsable de que ninguno de los tres sea profesional, una sensación como de que todo el mundo puede estudiar, menos sus hijos. El sueño emergente de la clase media: los hijos deben morir en un estrato por encima del que los vió nacer.

Yo comparta esa carga de responsabilidad, yo siempre fui el hijo predilecto, el de las notas excelentes, el líder, el de mostrar… mis hermanas, pasadas los años se convirtieron en las que viven aún con mis papás… esa tensión cotidiana se hace insoportable aunque mis padres lo soportan pacientemente pues nos adoran.

Yo soy entonces el que salí de la casa, el que se independizó. Mi hermana mayor lo hizo unos años y vivió en Medellín donde nació mi sobrina Mariana, se casó de blanco como lo quisieron muchas primas.

Uno de los recuerdos mas vívidos que tengo de mi infancia es mi papá sentado en un sillón de cuero escuchándome y corrigiéndome las lecturas de la revista Selecciones; completándome las palabras en las que yo me enredaba, eso me disgustaba pues no entendía cómo mi papá podría saber las palabras de lo que yo estaba leyendo. Otra maña que tenía era “el diccio - diccio”: ante cualquier pregunta él se remitía al diccionario, podía ser la pregunta mas elemental de la que seguro él tenía la respuesta, pero siempre se remitía al diccionario.

Unido a eso estaba su gusto por la natación y su afiliación al Club de Lectores con quienes se pudo armar una bibliotequita que es como el pequeño gran patrimonio de la casa, incluso consultada por vecinos.

Supongo que preservo estos recuerdos pues fueron determinantes para definir mi amor por las letras, los libros, el arte. Recuerdo que de niño consideraba que el objetivo de la vida sería salir en los diccionarios, con nombre y foto.

Pasados unos años, ya siendo adulto, hace unos años; tuvimos una situación de tensión por falta de dinero, yo ya dirigía a Carretaca como un proyecto de vida, mi papá me vio muy estresado pues el dinero se había vuelto un tema prioritario de todas las conversaciones. Con su paciencia infinita me escribió una carta y un billete nuevo de mil pesos, anotó el número de serie y escribió que no me reocupara tanto por los pesos pues estaban muy devaluados, que ese primer billete de mil pesos que me regalaba, sería el primero de muchos que vendría y que ojalá fueran dólares o yenes o francos (aun no habían euros)… En esta anécdota veo su comprensión infinita…

Ahora que está sobre los sesenta años, el hombre se cansó de trabajar por plata, entonces se volvió un líder comunitario, hizo un diplomado en mediación y conciliación comunitaria y trabaja de voluntario todas las semanas ayudándole a la gente a resolver sus conflictos; básicamente escucha, organiza los argumentos y elabora actas que le ayudan a la gente a convivir mejor.

También está dedicado al arte. Desde que yo empecé a dirigir procesos de formación artística, el hombre está estudiando artes plásticas, pintura, escultura, grabado, diseño de artesanías, talla en piedra y madera. Pacientemente hace sus piezas y participa en un colectivo artístico de jóvenes, ha expuesto varias veces en los salones que yo dirigía y ahora que yo ya no trabajo en gestión cultural, él siguió su carrera y sigue creando. Entonces ahora charlamos sobre arte contemporáneo. Él me escucha tiernamente y me respeta como a un maestro, me pregunta con la candidéz del discípulo sobre la historia local, sobre política cultura o sobre alta estética… no me contradice, calla, escucha y aprende… se que soy su orgullo por todo lo que hice y por lo que represento para Bogotá…

Cuando cumplí quince años, mi papá leyó un discurso diciendo que yo sería un gran líder… yo le creí y me dedique a serlo, solo espero no haberlo defraudado…

Cuando de niño empecé a hacer teatro, mis papás lo aceptaron como un hobby, después siempre me apoyaron para seguir adelante y hacer la empresa, no porque creyeran en el teatro, sino porque creen en mí…

Ahora cuando hablamos me insiste en que no me eche culpas ajenas y últimamente está insistiendo en que mi mayor patrimonio es la escritura, que me dedique a escribir, que ahí tengo posibilidades, que aproveche esta nueva etapa pues yo siempre he sido un afortunado, que no me entristezca y que siga adelante, escribiendo, que ahí está mi futuro… a veces creo que mi papá como en todo, tiene razón…

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Releo estas notas e imagino a Hector Abad Faciolince en su novela “El olvido que seremos”. Siento que debo escribir la historia completa de la familia… La saga… No se por qué me coge siempre la dimensión histórica, no se por qué siempre ando buscando la dimensión estética de mi cotidianidad, pero no me debería extrañar porque mi cotidianidad es mi materia prima, de ahí me agarro para crear.

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