miércoles, febrero 24, 2010

AUTORRETRATO 4. Mi palabra escrita

Mi palabra escrita es torpe, amangualada, babosa, deleznable y básicamente ignorante.
Desde los siete años empecé a escribir conscientemente sin haber llegado a un filón de la belleza poética. Llevo casi veinticinco años afilando mis palabras y solo he logrado hacerme daño a mi mismo. Mis palabras son una adicción, me hacen tanto mal como bien. Cuando dejo de escribir sufro síndrome de abstinencia, me sudan las manos, me duele la cabeza y se me quitan las ganas de comer y de vivir.
Hay quienes piensan que todo vicio es nocivo. Yo encuentro en la escritura un vicio inútil pero productivo porque me da un placer que ninguna otra cosa me da en la vida y un dolor que me cobra con intereses cada segundo de placer.
En el eterno ciclo de la euforia a la depresión, la escritura llena mi cerebro con alguna sustancia mágica que me permite no enloquecer al tener que seguir habitando este planeta extraño.
Mi palabra escrita es infantil, reiterativa, melíflua, acartonada y poco creativa.
El gran problema de mi vida ha sido confundir el mundo escrito con el real. Creer que el mundo real es lo que escribo y que el mundo en el que vivo es una fantasía. Creer que puedo editar, corregir o suprimir a las personas de la narración de mi vida. Creer que puedo manejar a la gente que me rodea como lo hago con los personajes de mis cuentos, creer que les puedo cambiar los escenarios, el vestido y las decisiones. Creerme el demiurgo de la vida, cuando apenas soy un bufón de los dioses que me escriben esta treta.
Como el títere que toma conciencia de sí y quiere liberarse del titiritero, mi palabra es una tautología, una jaula pequeña contenida en una caja mediana que a su vez es contenida por la misma caja pequeña. Como la serpiente que se come a sí misma por la cola, como la cinta de Moebius que quiere estar por fuera y siempre está por dentro; mi palabra sale de mí y yo salgo de ella.
Mi palabra escrita intentó la poesía pero fue incapaz, intentó la narrativa pero no tuvo la disciplina, intentó la investigación pero la torpeza no se lo permitió. Mi palabra escrita es una puja constante hacia ninguna parte, un eterno comenzar un camino en el que no se avanza, un quedarse retozando en la arena movediza de las mismas cuatro ideas fijas, de las mismas palabritas que empobrecen el mundo, de las mismas preguntas que no se dejan resolver.
Mi palabra escrita es paradójicamente mi mas grande logro y mi mas grande fracaso: escribir, escribir por costumbre, escribir por jugar, escribir para entretenerme, escribir ilusamente, para intentar entenderme, para organizarme, escribir como el único verbo que puedo conjugar aunque torpemente, escribir para obedecer a mi papá y darle al menos ese privilegio, escribir como gesto de libertad, escribir solo para demostrarme que no soy analfabeta, que puedo poner un sujeto con un predicado, que puedo tamizar mis dolores en el entramado que hacen las vocales con las consonantes, escribir para nadie, escribir.
Mi palabra escrita refleja un pedacito de un pequeño mundo imaginario que alimento como a los canarios con pequeñas sobras de comida. Cada mañana esparzo mis recuerdos para alimentar ese mundito donde nacen y mueren personajes, historias, imágenes o diálogos que a veces alcanzo a anotar.
Es la misma sensación del que sueña y no puede recordar lo soñado pero se arriesga a contarlo y sus palabras no logran describir lo que soñó, sus palabras apenas evocan las acciones del sueño, pero no las texturas ni las ambigüedades. El que sueña sabe lo que es y lo que no en su propio sueño, pero al contarlo las palabras no le alcanzan para describir las sensaciones que le produjo el sueño. Eso siento con la escritura: mi imposibilidad de narrar ese mundo imaginario tan pequeño y desordenado, ese mundo aturdido pero mío, ese mundo vulgar pero mío, ese mundo innecesario pero mío.
Indescriptible, pero mío.
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