sábado, junio 05, 2010

Autorretrato 6: Mis pies

Mis pies se cansaron de caminar muy pronto. Después de dar una vuelta por el país decidieron abandonarme. Ahora solo los puedo obligar a hacer pequeños recorridos diarios de la casa al trabajo y viceversa. Mis pies no quisieron seguir en el monte ni en la gran ciudad, son muy cobardes para cargar un combatiente, entonces me convirtieron en el ridículo asalariado que soy ahora.

Mis pies se cansaron de andar por donde no había caminos. Ahora prefieren andar en carro pedaleándome los días entre acelerador y freno. Cuando intento desviarme del camino para volver a las andadas, ellos frenan y se corrigen los pasos para no dejar que me salga de la carretera. Son unos pies obedientes, resignados, lambones. Mis pies quedan bien con todo el mundo, me llevan temprano al trabajo y por la noche me dejan en la cama dos horas antes de que mi cerebro empiece a funcionar, así el sueño nunca me deja procesar mis pensamientos y sigo viviendo en la ensoñación.

Mis pies lo tienen todo fríamente calculado, he notado que en las mañanas me llevan a la ducha mientras duermo y me despiertan con ese chorro de agua en la cara. Esa es la prueba de que mis pies se gobiernan solos, que hacen caso a las voces de afuera, pero ya dejaron de hacerme caso a mí… desde que dejé de proponerme mis propios caminos, mis pies decidieron seguir el camino de los otros, donde se sienten seguros, donde no tienen que mojarse, donde puedo lavarlos dos veces al día, tenerlos perfumados y con las uñas bien cortadas. Ellos prefirieron esa tranquilidad a los embates del monte y al polvo de la ciudad. Mis pies se volvieron alérgicos al sacrificio y prefirieron la tina caliente a los embates del caminante.

Mis pies me traicionaron, me sacaron de las trochas para meterme en la autopista, pero lo hicieron por débiles, porque no están hechos para abrir caminos, porque nacieron en cuna tejida por la abuela, con la horma de los zapatos finos y nunca quisieron salir de ahí.

Mis pies parecen de mujer, no tienen juanetes, ni cayos, ni uñeros, ni hongos, ni mal olor, son pies de señorita y así quieren seguir viviendo porque no resisten ni un poquito de cansancio.

Recuerdo cuando mis pies se ponían botas y se enfrentaban a las montañas sin agüero, parecían valientes, una vez soportaron quince días dentro de unas pantaneras sin baño y con las mismas medias, expelían el hedor de la valentía; pero realmente no estaban hechos para resistir. Mis pies son muy delicados y por culpa de ellos ahora mis caminos van del supermecado al centro comercial donde me llevan a ver lo que no necesito para vivir. Mis pies son consentidos como un hijo deforme y así se ganan una caricia cada fin de semana.

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