sábado, junio 16, 2012

Autorretrato 7: Mi desarraigo

Entre las muchas ideas que me obsesionan para entenderme está el desarraigo.

Yo no tengo un arraigo particular con una tierra,  una zona,  una cuna.  Nací en Popayán y al llegar a Bogotá eso me daba algo de "identidad",  incluso durante los primeros meses  mi sobrenombre  fue "Popayán",  pero hace tantos años que no voy,  que no me comprometo con su historia,  que la ciudad blanca se me convirtió en una añoranza,  en el orgullo infantil de la tradición, en el lugar de mi infancia que ya no existe.

Nunca me sentí capitalino,  allá fui marginado por venir de provincia y a  pesar de la hostilidad de esa ciudad y su gente,  le dediqué los mejores años de mi juventud al desarrollo social de la ciudad,  a armar escenarios de convivencia para la comunidad,  muy a pesar de mi bienestar personal.  Mi relación con Bogotá es de amorodio,  yo la amo y ella me odia. Además de ser una ruina hermosa,  la capital no escatima esfuerzos para ahuyentarme;  me roba,  me estafa, me mata el tiempo en transmilenio, me desahusia la ilusión y la memoria.



Aunque lleve algunos años viviendo en Villavicencio,  mi despensa,  esta pequeña ciudad no me ofrece más arraigo que un sueldo,  me daría lo mismo vivir en un campamento petrolero,  en un pueblito de escenografía.  Aquí todo es protuberantemente falso y es muy difícil generar un vínculo de afecto más allá de la relación económica.  Villavicencio es una puta.  Frente a la inmensidad del paisaje contrasta el limitadísimo panorama cultural de los llaneros pseudocitadinos.  Aquí  no ha llegado la civilización. Las fachadas miamicences tumbaron el único valor natural que tenía esta entrada a la selva.

No tengo arraigo.  Vivo enamorado de  Pasto, Cali,  Medellín y Barranquilla,  porque las disfruto en cada viaje, en cada carnaval pero no en la monotonía de la vida productiva.

Ni siquiera me siento colombiano,  he intentado construirme una identidad latinoamericana más allá de un vínculo con este paraíso de la impunidad. He luchado por ser un ciudadano del mundo,  por estudiar las creencias y las culturas de los países que nunca conoceré solo por disfrutar la diferencias que nos hacen humanos.

Nunca he coreado una barra deportiva,  no soy hincha,  no me pongo la camiseta del color  del equipo de moda,  nunca he celebrado un gol y veo lo peor del ser humano en ese vínculo enfermizo con un equipo:  la capacidad de segregar y de creerse superior al otro por un color o una bandera.

Me afilié a los grupos marginales para trabajar por los desclasados y los oprimidos.  Mi única forma de protegerme fue armar mi propia pandilla de tres gatos,  mi pequeña tribu,   mi grupo de teatro,  mis peleas han sido en el escenario y en la política donde dejé de militar cansado del instinto borrego de los partidos. Mi único instinto gregario donde desarrollo esas prácticas rituales y ese sentido de divinidad está esa especie de religión llamada Teatro,  donde he sido un predicador,  un pastor evangelizante,  un iniciado,  un practicante y últimamente me he convertido en un mero observador,  en un investigador de la historia que pasa frente a mi lente.
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